Lo que sigue es un cuento de ciencia ficción: leelo con placer, dudalo con método y sacá vos la conclusión.
WASHINGTON. El 10 de julio el Departamento de Guerra de Estados Unidos publicó la cuarta tanda de archivos desclasificados del programa PURSUE (Presidential Unsealing and Reporting System for UAP Encounters): 40 archivos, catorce documentos, diecinueve videos, cuatro audios y tres imágenes fijas, con material del Pentágono, la NASA, la CIA, el FBI y el Departamento de Energía, según el comunicado oficial del asistente del secretario de Guerra para Asuntos Públicos, Sean Parnell. El programa arrancó el 8 de mayo por una orden ejecutiva de Donald Trump, con tandas previas el 22 de mayo y el 12 de junio.
Entre los cuarenta archivos hay uno de 1949: la transcripción de una reunión clasificada en el Laboratorio Científico de Los Álamos, convocada para estudiar un patrón de "bolas de fuego verdes" que sobrevolaban instalaciones nucleares estadounidenses. El especialista en meteoritos Dr. Lincoln LaPaz declaró ante el grupo, físicos como Edward Teller y Norris Bradbury incluidos, que lo observado "por cierto no era la caída de un meteorito convencional". Otras bolas de fuego, según la misma documentación, pasaron cerca de White Sands y de Kirtland Field, dos sitios más de infraestructura nuclear y militar de Nuevo México.
El patrón no se quedó en 1949. La misma tanda del 10 de julio suma un archivo del Departamento de Energía sobre una incursión de 2015 con forma de diamante sobre la planta de Pantex, en Texas, donde Estados Unidos ensambla su arsenal nuclear, y un video de un objeto con forma de estrella de seis puntas sobre el Mar Amarillo. Se completa con tres fotografías inéditas en este contexto de la misión STS-80 del transbordador Columbia, tomadas en noviembre de 1996 a unos 350 kilómetros de altura, con registros de observaciones de la tripulación del Apolo 17 y con el relato de un aviador militar que describió, tras 28 años de servicio, un objeto "distinto a cualquier cosa que había visto". El administrador de la NASA, Jared Isaacman, dijo un día antes de la publicación, en una entrevista con Fox News: "No sabemos qué es".
Hasta acá, lo que consta: setenta y seis años, media docena de sitios nucleares nombrados en documentos oficiales, un patrón que el propio Estado desclasifica en cuotas. Ahora el cuento.
David Icke viene sosteniendo, desde su libro de 1999 "The Biggest Secret", que una estirpe reptiliana infiltró las estructuras de poder humanas hace milenios y que su interés central es la energía, sobre todo la nuclear, la palanca que le permitiría a la humanidad escapar de la escasez que la mantiene dócil. Tomo esa lectura como premisa de un relato, no como veredicto. ¿Y si las bolas de fuego de 1949 no eran una amenaza externa que había que vigilar, sino inquilinos que ya estaban ahí, revisando que el juguete nuevo de los científicos de Los Álamos no se les fuera de las manos? ¿Y si el mismo objeto que en 2015 sobrevoló Pantex con forma de diamante llevaba setenta años haciendo la misma ronda, con otra forma cada vez, porque la tarea nunca cambió?
Un guardián no necesita esconderse si el patrullaje mismo pasa por invisible: setenta y seis años de sitios nucleares, la misma ronda con otro disfraz cada vez.
No hay una sola línea de los cuarenta archivos que mencione reptilianos, bases subterráneas ni estirpes ancestrales; eso lo puse yo, y lo dejo marcado como lo que es. Lo real termina en la transcripción de LaPaz, en las fotos del Columbia y en la lista de sitios que el propio Departamento de Guerra decidió hacer pública. Andá a esos archivos, quedan abiertos en el sitio oficial, y decidí vos si setenta y seis años de bolas de fuego junto al uranio son coincidencia repetida o una ronda que nadie interrumpió nunca.

