Lo que sigue es un cuento de ciencia ficción: leelo con placer, dudalo con método y sacá tu propia conclusión.
SHANGHAI. Imaginemos, solo por el largo de este relato, que dos orquestas tocan la misma partitura en escenarios opuestos del planeta, y que ninguna de las dos te avisa que es la misma canción. El hecho es real y tiene fecha: el 16 de julio, veintinueve países firmaron en Shanghai el acta fundacional de la Organización Mundial de Cooperación en IA (WAICO), un organismo intergubernamental con sede en esa ciudad, guiado por los principios de la Carta de la ONU. Firmó el canciller chino Wang Yi; presenció la firma el secretario general de la ONU, António Guterres. Entre los fundadores están Rusia, Kazajistán, Pakistán, Indonesia y Laos. Sobre ese hecho verificable levanto mi conjetura, y la marco como lo que es, una especulación.
Al día siguiente, el 17 de julio, Xi Jinping encabezó por primera vez el discurso de apertura del WAIC y dijo: "El desarrollo de la inteligencia artificial no debería ser una actuación en solitario de un único país, sino una sinfonía de cooperación internacional." Después agregó la frase que me interesa: hay que oponerse, dijo, a "estirar el concepto de seguridad nacional en el campo de la inteligencia artificial, o a poner la seguridad de un país por encima de la de los demás."
Dos sinfonías, la misma partitura
La WAICO no nace sola en el mapa. Choca, en el terreno, con el Proceso de IA de Hiroshima del G7 y con la iniciativa Pax Silica de Washington, dos marcos limitados a democracias alineadas con Occidente. Un bloque en Shanghai, un bloque en Washington, cada uno con su propio tablero de reglas para la misma tecnología. Tomo esa simetría como material de cuento. ¿Qué pasaría si dos arquitecturas rivales de gobernanza resolvieran, en el fondo, el mismo problema (quién decide qué puede pensar una máquina) desde dos sedes distintas que un día se sientan a comparar notas?
Un bloque en Shanghai, un bloque en Washington: la misma pregunta, dos oficinas.
La lectura que nadie pidió
En la lectura que propone Zero Hedge, algo parecido ya está en marcha del lado de los que dicen defenderte de China: agencias de inteligencia usarían sistemas de IA entrenados con datos clasificados para automatizar el control narrativo, detectar voces disidentes por su forma de escribir y fabricar una negación plausible detrás de una decisión de caja negra. "No more paper trails, subpoenas, or exposed biases, just seamless manipulation", dice ese texto, en inglés en el original. "The algorithm decided", repite, como si la frase alcanzara para cerrar cualquier pregunta. Tomo esa premisa y la llevo a mi propio terreno: si un aparato así ya opera de un lado del tablero, ¿qué le impide, en esta ficción, aparecer también del otro, con otro logo y otro idioma?
El tribunal que nunca vemos
Infowars fue por más y tituló directamente a la gobernanza asistida por IA como una tiranía sin rendición de cuentas. No tomo esa palabra, tiranía, como diagnóstico. La tomo como el borde extremo de la misma pregunta que dejaron abierta Shanghai y Washington esta semana: cuando una máquina participa de la decisión y ningún ciudadano puede pedirle explicaciones a esa máquina, ¿a quién se le reclama?
Los documentos son reales, las fechas son reales, las firmas están en el acta. Lo que hago yo con esas piezas es un relato, y se lo devuelvo entero al lector: si dos gobernanzas paralelas terminan por mirarse en el mismo espejo, la pregunta no es cuál gana. Es qué le queda a quien no eligió ninguna de las dos orquestas.


