Tomá esto como un relato especulativo: es ficción armada con piezas reales, a leer con placer y a dudar con método.
BUENOS AIRES. Imaginemos, solo por el largo de este relato, que una guerra no cierra rutas sino que las reparte. El dato es real y tiene fecha: el miércoles 15 de julio de 2026, apenas trece buques mercantes cruzaron el estrecho de Ormuz, según la firma de datos de transporte marítimo Kpler. Ocho salieron del golfo Pérsico, cinco entraron, y de todos ellos solo uno, un carguero, usó la ruta que Estados Unidos aprueba como segura, la que bordea la costa de Omán. Sobre ese número levanto mi conjetura, y la marco como lo que es: una especulación.
Esa misma jornada Estados Unidos lanzó su sexta noche consecutiva de ataques contra Irán. El Comando Central norteamericano lo confirmó: a las dos de la tarde, hora de Washington, sus fuerzas iniciaron "una nueva ola de ataques contra Irán" para "seguir degradando las capacidades militares iraníes". Del otro lado, el coronel Ibrahim Zolfaghari, del Comando Conjunto Khatam Al-Anbiya, avisó que Teherán no va a permitir "bajo ninguna circunstancia" que Estados Unidos se meta en el estrecho, una "línea roja inquebrantable". Trump amenazó con extender los ataques a puentes y a infraestructura civil si Irán no negocia; Teherán respondió con una consigna que ya corre como título de guerra: infraestructura por infraestructura.
Un cuello de botella que alguien administra
El miércoles, por primera vez desde que se reinstauró el bloqueo, la marina estadounidense disparó misiles Hellfire contra un petrolero no autorizado que intentaba llegar a un puerto iraní. Van más de 35 muertos y 300 heridos del lado iraní en lo que va de la semana. Y sin embargo, en medio de ese fuego, el columnista de energía Javier Blas escribía algo que no encaja del todo con el relato de caos total: que Irán va a ganar algunas batallas de corto plazo por el estrecho, pero que su capacidad de tener como rehén a media economía mundial se va a debilitar a medida que proliferen los oleoductos alternativos que esquivan Ormuz. Lo escribe como pronóstico. Yo lo leo como una fecha de nacimiento.
Un cuello de botella que se cierra durante la guerra beneficia, mientras dura, a quien ya tenía abierta la ruta de al lado.
¿Y si esos oleoductos alternativos no se estuvieran construyendo ahora, apurados por la crisis, sino que ya estuvieran ahí, terminados, a la espera del momento exacto en que trece barcos sean todo lo que pase por Ormuz en un día? La lectura que propone Global Research desde hace años es esa: que las crisis energéticas de Medio Oriente coinciden, con una regularidad que ninguna prueba explica, con el calendario de puesta en marcha de rutas alternativas financiadas de antemano. Tomo esa lente como material de cuento, no como acusación. No tengo un documento que una las dos fechas. Tengo una guerra real, una cifra real de barcos, y una columna real que ya habla de rutas nuevas mientras el estrecho viejo arde.
Lo que consta y lo que invento
Lo que consta: la guerra, la cifra de los trece buques, las amenazas cruzadas, la columna sobre los oleoductos. Lo que invento: que el apagón del tránsito y el encendido de la ruta de al lado no sean dos relojes que corren por separado, sino el mismo reloj, visto desde dos ventanas distintas.
No te pido que me creas. Te pido que la próxima vez que alguien diga "guerra" y "escasez" en la misma frase, busques también quién ya tenía, antes de la guerra, el camino de repuesto. Si esa pregunta te persigue después de esta última línea, la escribiste vos, no yo.

