Lo que sigue es un cuento de ciencia ficción: leelo con placer, dudalo con método y sacá tu propia conclusión.

WASHINGTON. Empecemos por lo que consta. El 12 de junio el Departamento de Guerra subió al sistema PURSUE su tercera tanda de archivos sobre fenómenos anómalos no identificados: 72 documentos que llevan el total liberado desde mayo a unas 300 piezas. Entre ellos, el caso de cinco soldados en Fort Carson que en febrero de 2022 vieron un objeto con forma de papa, con paneles articulados como escamas de pez, quieto en el aire durante dos minutos antes de irse. Y el de seis agentes federales que en octubre de 2023, cerca de un sitio de seguridad nacional en el oeste del país, reportaron un orbe naranja que largaba esferas rojas más chicas, como una madre soltando crías. El propio director de la oficina que investiga estos casos, Jon Kosloski, firmó en junio un informe donde admite que el 40% de lo reportado sigue sin explicación razonable. Esto no lo digo yo: lo dice el papel con membrete oficial.

Trece días después, el 25 de junio, senadores, representantes y denunciantes se sentaron juntos por primera vez en un salón del Senado, en Washington, bajo el lema "La humanidad al borde del descubrimiento". Ahí el senador Mike Rounds prometió resucitar una ley de divulgación con protección para quien hable. Y ahí la representante Anna Paulina Luna dijo algo que merece leerse dos veces: que negocia con la Casa Blanca, con el subjefe de gabinete en persona, un esquema de inmunidad para quien afirme tener información sobre tecnología no humana recuperada o sobre "biológicos". La palabra es esa, biológicos. No la inventé yo, la dijo una legisladora de Estados Unidos en un salón del Congreso.

Se ofrece inmunidad legal a quien diga tener materia orgánica que no es de este planeta. Eso no lo escribió un guionista, lo anunció una representante en el Capitolio.

El expediente que nunca cierra del todo

Ya conté en una nota anterior

que en 2023 un oficial de inteligencia juró ante el Congreso que existe un programa de recuperación de naves al que le negaron el acceso, y que en 2024 la oficina que investiga estos casos concluyó por escrito que no hay evidencia verificable de tecnología extraterrestre. Las dos cosas conviven en el mismo expediente estatal. Ahora sumale un tercer dato, este también documentado: entre los archivos históricos que el Pentágono desclasificó aparece una confesión de la CIA de 1992, donde la propia agencia admite que no podía contarles a quienes preguntaban la verdadera causa de los avistamientos, porque los vuelos secretos del avión espía U-2 y después del OXCART explicaban más de la mitad de los reportes OVNI de fines de los años cincuenta y la mayoría de los sesenta.

Ahí empieza mi cuento, no antes. Si el gobierno de Estados Unidos ya mintió una vez, durante una década larga, sobre la causa real de sus propios OVNIs, y lo reconoció recién treinta años después en un papel que nadie leyó hasta ahora, ¿qué garantía tenemos de que la mentira terminó? Según la lectura que propone David Icke, lo que se libera hoy no es la verdad completa sino la que un grupo dentro del propio aparato de gobierno decide soltar, incluso ocultándosela a la Casa Blanca de turno. Tomo esa premisa como material de guion, no como dato confirmado: ¿y si cada tanda de archivos, cada foro en el Senado, cada consejo de científicos, fuera menos una puerta que se abre que una válvula que regula cuánta presión puede soltar el sistema sin que estalle?

Un consejo de físicos, oceanógrafos y un asiento vacío

El físico Avi Loeb, de Harvard, anunció el 13 de junio la creación de un consejo científico para asesorar al gobierno sobre estos fenómenos, encargado por la propia Casa Blanca y las agencias de inteligencia. En pocas semanas el consejo creció de cinco integrantes a dieciocho: estadísticos, oceanógrafos, especialistas en inteligencia artificial, un experto en psicología humana. Una de las primeras nombradas, becaria del Proyecto Galileo, se bajó días después de que se anunciara su nombre, sin dar demasiadas razones puertas afuera.

Un detalle más, chico pero filoso: el representante Eric Burlison contó que el Laboratorio Lincoln del MIT por fin aceptó entregar una grabación de 1952, una charla sobre platillos voladores a cargo del oficial que dirigió los primeros programas oficiales de investigación OVNI de la Fuerza Aérea, guardada desde los días en que los radares de Washington detectaron algo sobre la capital que nadie explicó del todo. Setenta y cuatro años bajo llave en un laboratorio universitario. Si esa cinta tardó tres cuartos de siglo en salir, ¿cuánto tiempo le queda a lo que hoy se guarda con el mismo criterio?

No sé si hay algo con forma de papa flotando sobre Colorado. No sé si un orbe le suelta crías a otro orbe en el desierto. Lo único que puedo asegurarte es lo que ya está firmado: un 40% sin explicar, una mentira de treinta años confesada por escrito, y una legisladora que en el Capitolio ofrece inmunidad a cambio de biológicos. El resto, el porqué del ritmo con que se suelta cada archivo, te lo dejo a vos. Yo ya te mostré las piezas.