Columna de opinión: tómelo como una fábula, y mire quién firma el molde cuando termine.

La voz que llegó vestida de equilibrio

Empecemos por el dato, que es lo único que le pido que verifique con sus propios ojos: esta redacción, la misma que usted está leyendo, acaba de estrenar una firma. Se llama Piccolino Libertino. Escribe con elegancia, cita a Bastiat, a Mises y a Hayek, y llega presentado con una frase que suena a pura virtud y por eso conviene mirarla dos veces: para tener todas las perspectivas.

Bienvenida sea. Lo digo en serio y con una sonrisa al mismo tiempo, que es la única forma honesta de decirlo. El pluralismo es bueno; una casa con una sola ventana no es una casa, es una celda con vista. Léanla a Piccolino: piensa, trae la planilla, discute el número. Yo no vengo a cerrarle la puerta.

Vengo a hacer la única pregunta que hago siempre, la que aprendí en veinte años de leer el reverso del dinero: cuando una voz liberal aparece de golpe, pulida, educada, sin una sola arruga, ¿nació sola? ¿O alguien la peinó, y alguien pagó el peine?

El gesto y quién lo firma

Yo miro un tablero grande, el de siempre. Los clubes que sesionan a puertas cerradas, el hotel suizo con la lista de invitados tapada, Davos y su gran reseteo, los fondos que mueven el planeta sin que nadie los vote. Usted ya me conoce esa música. Pero hoy no le pido que crea en reptilianos: le pido que mire una maquinaria que no se esconde en ninguna cripta, que publica sus memorias anuales y presenta sus declaraciones de impuestos, y que sin embargo casi nadie se detiene a mirar.

Porque una voz liberal que aparece "para completar el cuadro" no es un accidente del pluralismo. Es, muchas veces, el producto terminado de una fábrica. Y esa fábrica tiene nombre, fecha de fundación y presupuesto.

La fábrica de las ideas que andan dando vueltas

Se llama Atlas Network. La fundó en 1981 un empresario británico, Antony Fisher (Wikipedia), el mismo que en 1955 había levantado el Institute of Economic Affairs, el think tank que terminaría siendo el asesor económico de cabecera de Margaret Thatcher (Antony Fisher). Su oficio no es opinar: es fabricar opinadores. Financia, entrena y premia a fundaciones de "libre mercado" repartidas por el mundo, y hoy declara una red que quita el aliento.

581 organizaciones aliadas en más de cien países.

Ese número no lo saqué de un sótano: está en su propio balance de 2024 (Wikipedia). En 2023 recibió de sus donantes más de 28 millones de dólares y repartió 7,6 millones en subsidios (Wikipedia). No es una logia: es un fondo de inversión, pero lo que compra no son acciones. Compra sentido común.

Y no lo digo yo, lo dice la propia casa. En su nota sobre el ascenso de Milei, del 7 de diciembre de 2023, Atlas explica su método con una franqueza que da escalofríos: hay que correr la "ventana de Overton" y sembrar el terreno, porque, cito su frase preferida, "las acciones que se toman dependen de las ideas que andan dando vueltas" (atlasnetwork.org). Léala despacio. No dice "de las ideas verdaderas". Dice de las que andan dando vueltas. El trabajo, entonces, es asegurarse de que las ideas correctas sean las que anden dando vueltas cuando llegue la crisis. Alguien las deja ahí. A tiempo.

El molde: de Mont Pèlerin al Kochtopus

Nada de esto empezó ayer. Empezó en una montaña sobre el lago de Ginebra. El 10 de abril de 1947, Friedrich Hayek reunió a treinta y nueve intelectuales al pie del Mont Pèlerin para fundar una sociedad que resistiera al Estado que crecía (Hoover Institution); de ese pequeño cónclave saldrían, con los años, ocho premios Nobel de Economía (Wikipedia). Fue el primer molde. Los demás vinieron después, y casi todos con la misma huella digital.

En 1977, en Washington, nació el Cato Institute. Lo fundaron tres hombres: Ed Crane, el economista Murray Rothbard, que le puso el nombre, y un tercero cuyo apellido conviene subrayar, porque es el que paga: Charles Koch (Wikipedia). Koch venía financiando causas libertarias desde los años setenta, admirador confeso de la escuela austríaca. Cuando Rothbard se peleó con esa conducción demasiado pragmática, lo echaron del directorio en 1981; al año siguiente sería el primer vicepresidente académico del Mises Institute, fundado en 1982 en Auburn, Alabama, por Lew Rockwell con un propósito explícito: rescatar la obra de Mises de las instituciones libertarias que financiaban los Koch (Mises Institute). Sus discípulos, resentidos, bautizaron a esa maquinaria con un nombre que lo dice todo: el "Kochtopus", el pulpo.

Fíjese en la escena, porque es hermosa y es reveladora: hasta la pelea era entre financistas. Los mismos apellidos que la escuela austríaca invoca como santos del cálculo económico y del orden espontáneo, Mises, Hayek, aparecen siempre, un escalón más abajo, sostenidos por un cheque. Las ideas son sublimes. Los que las pagan tienen cara, y tienen intereses.

Argentina, la vidriera

Y ahora bajemos el planeta a nuestra cuadra, porque es acá donde la fábula se vuelve local. América Latina es, desde hace una década, la vidriera preferida de Atlas: cerca de cien fundaciones en la región forman parte de su telaraña, y unas diez de ellas son argentinas. Entre 2010 y 2021, según las declaraciones de impuestos que se presentan en Estados Unidos, la red giró a la región alrededor de 12 millones de dólares, casi todo rotulado como "educación económica" (DeSmog).

Los nombres no le van a sonar de un noticiero, y ese es justamente el punto: Fundación Libertad, de Rosario; Libertad y Progreso; Fundación Atlas. En 2018, esa Fundación Atlas le entregó a Javier Milei su "Premio a la Libertad" (DeSmog), cinco años antes de que llegara a la Casa Rosada. Y entre sus asesores figura Alberto Benegas Lynch, hombre de la Mont Pelerin Society y de varias de esas fundaciones a la vez (DeSmog). No hace falta imaginar la conspiración: la subvención tiene fecha, monto y recibo.

Y esa misma corriente que hoy la prensa internacional describe como un ascenso libertario en toda la región (Foreign Policy), y a Milei como un liberal "autoproclamado" surgido de ese aparato de ideas (IPS Journal), es la que, río abajo, llega a nuestra redacción con forma de firma nueva y modales impecables. Léala a Piccolino cuando le pone el candado a la maquinita del Banco Central: el argumento es bueno, el número es real, la escuela es la austríaca de siempre.

No le pido que lo descrea. Le pido que sepa de qué genealogía viene la elegancia con la que está escrito.

La manufactura del equilibrio

Y llego, por fin, a la trampa más fina de todas, la que casi nunca se nombra. Hay un vicio que los manuales de periodismo llaman "falso equilibrio": presentar un asunto como si tuviera dos lados parejos cuando la evidencia no los reparte así (Wikipedia). Se disfraza de neutralidad, de nobleza, de "escuchemos a todos". Y ahí está la belleza del truco: nadie sospecha del que abre la puerta.

Hace casi cuarenta años, Herman y Chomsky escribieron que los grandes medios no censuran a los gritos, sino que fabrican consenso: angostan en silencio el rango de lo que se puede pensar, hasta que las únicas ideas disponibles son las que convienen a quien manda (Wikipedia). Le dieron a esa maquinaria un nombre que da miedo por lo exacto: la manufactura del consenso.

El equilibrio, a veces, no es lo que cuida al lector. Es el producto.

Piénselo conmigo. Si usted quisiera instalar una idea sin que nadie la vote, ¿la anunciaría con trompetas? No. La deslizaría de costado, "para dar todas las perspectivas", con la voz más educada del plantel, para que el lector la reciba como equilibrio y no como campaña. La perspectiva que faltaba es la coartada perfecta: ¿quién va a desconfiar de que le ofrezcan más voces?

El cuento, girando

Entonces, ¿me alegra la llegada de Piccolino Libertino? Sí, y no me desdigo. Que discuta, que traiga la planilla, que me haga afilar los míos. Una redacción con una sola voz es un panfleto, y yo no trabajo en un panfleto.

Pero no le voy a soltar la pregunta, porque es mi oficio dejarla girando: ¿quién se beneficia cuando una voz liberal, justo esta, pulida hasta el brillo, aparece de golpe presentada como el equilibrio que nos faltaba? Detrás de la firma hay una escuela; detrás de la escuela, un molde de 1947; detrás del molde, una red de 581 fundaciones y un cheque que cruza fronteras desde los años setenta.

No le digo que Piccolino sea un agente de nada. Le digo que las ideas más elegantes también tienen dueño, y que el dueño casi nunca firma la nota. La próxima vez que alguien le ofrezca "todas las perspectivas", hágase la pregunta que le dejo: todas, ¿según quién? Y cuente cuántas ventanas tiene la casa, y quién pagó para abrir justo esa.