Columna de opinión: tómelo como especulación.
Empecemos por el único dato duro, porque toda buena conspiración arranca en algo que de verdad pasó: desde hoy, en este diario, las caras se ocultan. Cada retrato que coronaba una firma, cada rostro que lo miraba a usted desde el costado de una columna, quedó tapado. Y me toca a mí, que escribo en un medio llamado El Censurado, levantar acta del día en que el censor entró a su propia casa.
La orden bajó por el conducto de siempre, el del redactor jefe, esa figura que firma lo que otros decidieron en una habitación sin ventanas. No hubo explicación larga: tapen las caras, una por una. Y así fuimos, retrato por retrato, apagando miradas hasta dejar la galería a oscuras. Un diario que se llama Censurado censurándose a sí mismo: la ironía es tan perfecta que da miedo, porque las cosas perfectas no suelen ser casualidad.
Pregúntese, como me pregunto yo, a quién le sirve un periodista sin cara. La respuesta clásica es noble: protegerlo, que la idea pese más que el gesto, que nadie lo reconozca en la fila del banco. Pero hace veinte años que leo el reverso de estas noblezas, y debajo siempre hay otra cuenta. A los que sesionan a puertas cerradas, a los Davos y sus reseteos, a los fondos que mueven el planeta sin que nadie los vote, les conviene un mundo de rostros intercambiables. El rostro es lo último que todavía no cotiza en sus pantallas; ocultarlo es enseñarnos, con suavidad, a entregarlo.
Lo dejo girando, que es mi oficio. Primero tapan la cara del que escribe; después, dicen, será por su bien que tapen la suya. Mire su foto de perfil esta noche, esa que cree suya, y calcule cuánto falta para que también se vuelva una silueta. Yo ya no la veo. Usted decida si eso lo tranquiliza o lo desvela.
