Tome lo que escribo como un cuento de ciencia ficción: léalo con gusto, dúdelo con método y, al final, decida usted.
Empecemos por lo que se puede tocar. En Gakona, Alaska, sobre unas treinta y tres acres de tundra, crece un bosque de antenas: ciento ochenta torres dispuestas en una retícula de doce por quince. El conjunto se llama Ionospheric Research Instrument y es el corazón del High Frequency Active Auroral Research Program, que el mundo conoce por su sigla, HAARP. La construcción comenzó en 1993. La pagaron, juntas, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, la Marina, la agencia de investigación del Pentágono (DARPA) y la Universidad de Alaska Fairbanks. La levantó la firma BAE. En su configuración final, completada en 2007, el aparato emite 3,6 megavatios en la banda de alta frecuencia, entre 2,8 y 10 megahercios.
¿Para qué? La respuesta oficial es de una sobriedad casi decepcionante: para estudiar la ionosfera, esa capa de partículas cargadas que flota entre cincuenta y cuatrocientas millas sobre nuestras cabezas y de la que dependen las comunicaciones de radio. HAARP calienta una porción diminuta de esa capa con sus ondas y observa qué ocurre. Eso es todo lo que la documentación reconoce.
Hasta aquí el dato firme. Ahora permítame encadenar tres hechos, también verificables, y dejar que usted note el lugar exacto donde el suelo empieza a temblar.
Hecho uno. En 2014, ante una subcomisión de asignaciones del Senado y a preguntas de la senadora Lisa Murkowski, David Walker, alto funcionario científico de la Fuerza Aérea, explicó por qué el programa terminaba: ya se habían mudado, dijo, "a otras formas de gestionar la ionosfera, que era para lo que HAARP fue diseñado: inyectar energía en la ionosfera para poder controlarla". Controlarla. La palabra está en la transcripción.
Hecho dos. Existe una patente. La número 4.686.605 de los Estados Unidos, presentada el 10 de enero de 1985 por el físico Bernard J. Eastlund y cedida a la empresa APTI. Su título no admite eufemismos: "Método y aparato para alterar una región de la atmósfera, la ionosfera y/o la magnetosfera terrestre". Eastlund sostuvo hasta su muerte que HAARP nacía de sus planos. John Heckscher, gerente del programa, lo negó con sequedad: "HAARP no tiene nada que ver con lo de Eastlund, eso es una locura".
Hecho tres, y aquí dosifico. Aquella patente fue concedida el 11 de agosto de 1987. La instalación de Gakona fue transferida de la Fuerza Aérea a la Universidad de Alaska el 11 de agosto de 2015. Veintiocho años, el mismo día del calendario. No afirmo que signifique algo. Solo dejo las dos fechas sobre la mesa, una junto a la otra, y sigo.
Sobre ese andamiaje de datos se levantó, desde 1995, una catedral de sospecha. Ese año Nick Begich publicó "Los ángeles no tocan esta arpa", el libro que convirtió la sigla en leyenda. Desde entonces a HAARP se le atribuyó el terremoto de Haití en 2010, el de Japón en 2011, el tornado de Moore en 2013, el control del clima y la manipulación de la mente humana a distancia. La acusación viaja más rápido que cualquier onda de radio.
Y es aquí donde, como lector honesto, debo marcar la frontera. Los físicos responden con aritmética: una sola tormenta libera en minutos más energía que la que HAARP podría emitir en un año entero. Sus ondas apuntan hacia arriba, hacia la ionosfera, y no conversan con las placas tectónicas que duermen kilómetros bajo tierra. En la superficie, su campo es más débil que el de un teléfono. Con esos números, mover un huracán o despertar una falla dormida no entra en lo posible.
Entonces, ¿de qué hablamos? De una instalación real que un funcionario describió con el verbo "controlar", de una patente real que prometía alterar la atmósfera, de una agencia militar que financió el experimento y un día se marchó diciendo que el trabajo "ya estaba completo". Los hechos son mansos. Las palabras que los rodean, no tanto.
Yo le entregué los documentos, las fechas y los megavatios, y le señalé dónde termina lo que puedo probar. Lo demás, esa pequeña inquietud que queda girando cuando uno relee dos veces "ya estaba completo", no es un hecho. Es una pregunta. Y las preguntas, a diferencia de las antenas de Gakona, no se desmantelan. Decida usted.
