Hay una música que no se escucha: se padece. Llega por el costado, como entra el frío por la juntura de una ventana vieja, y cuando uno quiere nombrarla ya está adentro, ocupando el lugar donde antes vivía otra cosa. El tango es eso. No una melodía: una humedad del alma.

Lo dijo alguien que sabía de derrotas, que esto es un pensamiento triste que se baila. Reparen en el orden de las palabras. Primero el pensamiento; después la tristeza que lo habita; y solo al final, casi como una vergüenza, el cuerpo que se atreve a moverlo. Bailar un tango es sacar a pasear una idea que duele, agarrada de la cintura, para que el resto no note que uno la lleva clavada.

El fuelle respira por nosotros

Miren el bandoneón. No es un instrumento: es un pulmón ajeno que alguien aprendió a hacer respirar. Setenta y un botones, y los pulgares nunca los tocan; el pulgar derecho apenas abre una válvula, deja entrar el aire en silencio, como quien suspira sin querer que lo oigan. Y es bisonoro, dato cruel: la misma tecla canta una nota cuando el fuelle se abre y otra distinta cuando se cierra. Nada suena igual a la ida que a la vuelta. Nadie vuelve del mismo lugar al que fue.

Por eso hay que tocarlo, dicen los que lo saben, con un poco de bronca; golpearlo, exigirle. Se le pega a la caja que respira para arrancarle el sonido, igual que la vida nos aprieta para sacarnos lo poco bueno que damos.

La ciudad que baila lo que esconde

Y está la geografía, que nunca es inocente. Hubo un barrio, junto al río y al ruido del ferrocarril, donde el tango aprendió a caminar: faroles rojos, fondas, una casa con nombre de mujer que recibía a la burguesía con guantes y a los marineros con otra cosa. Ahí, entre el puerto y el pecado reglamentado, el compadrito guardaba el cuchillo en la cintura como quien guarda un argumento final. La secta del coraje y del filo, dijeron; el honor de morir en una esquina por una percanta que ya se había ido.

El río sigue ahí, ancho, indiferente, llevándose en la corriente lo que la ciudad prefiere no mirar. Y en alguna esquina todavía hay una placa con el nombre de un bandoneonista que de chico pasaba un platito de lata para juntar monedas entre tango y tango. Un niño, una madre, un fuelle alemán puesto en sus manos a los cinco años, y una vida entera gastada en enseñarle a respirar a esa caja. Cuando él murió, la esquina se quedó con su nombre y la música siguió, porque la música no llora a nadie: nos usa y sigue.

Hay una segunda versión de todo. El tango lo sabe mejor que nadie. Uno cree que la herida fue una sola, y sin embargo vuelve a tocarse, igual y distinta, como la tecla en el cierre del fuelle; el mismo dolor, otra nota. Bailamos por segunda vez lo que no supimos bailar la primera, y descubrimos que el cuerpo aprendió la coreografía mientras nosotros mirábamos para otro lado.

Percanta que me amuraste, dice el más viejo de los lamentos, la que me dejó atado. Esa es la confesión que el tango repite hace un siglo y que ninguna ciudad ha terminado de decir del todo: que lo que nos abandona no se va, se queda adentro como un huésped que ya pagó por todo el invierno. Que la angustia no es la ausencia; es la forma exacta que deja la ausencia, el molde, el hueco que conserva el calor de lo que estuvo.

No hay moraleja. El fuelle se abre y se cierra, el río se lleva lo suyo, y en algún lugar de la noche dos cuerpos se abrazan no para quererse, sino para que el otro no note que están temblando. Apaguen esto cuando quieran. La música seguirá respirando sin ustedes; siempre lo hizo.