El ascenso

Un hombre subiendo una escalera. No importa quién es, ni hacia dónde va; importa que sube, que acepta sin interrogarla la condición fundamental de toda existencia doméstica: el ascenso, esa coreografía vertical que la especie confunde todavía con la dignidad.

El primer eufemismo

La escalera, ese artefacto absurdo. Nadie sube nunca por placer; se sube siempre hacia algo, y ese algo, cuando uno lo examina con honestidad, suele ser una habitación en la que se hará lo que no podría hacerse abajo. La escalera es el primer eufemismo. El hombre sube cómodo, y esa comodidad es sospechosa: nadie sube cómodo a un esfuerzo, salvo quien ya conoce su recompensa.

La luz que no perdona

La luz al fondo es blanca, brutal, sin matices: la luz de los quirófanos y los confesionarios, la que no perdona. Toda la moral del cuerpo, en última instancia, es binaria: se entra o no se entra, se cierra o no se cierra, se libera o no se libera.

El cierre de la puerta

La puerta se cierra, y aquí comienza el verdadero problema, porque el cierre de la puerta no es un acto técnico: es metafísico. Hay una soledad antes de la puerta y otra después; no son la misma. La segunda es la única real. Durante unos segundos el universo entero queda excluido, y se escuchan sonidos, rumores guturales, vibraciones que no admiten transcripción decente, que sugieren sin confirmar, que dicen sin decir.

El rugido, y las preguntas

Y luego, el rugido mecánico, ese trueno doméstico, una manera socialmente aceptable de hacer ruido sobre el cuerpo y disfrazarlo de higiene. Y mezclado con la cola del rugido, otro rumor gutural, que tal vez no exista, que tal vez sea una proyección perversa de quien escucha. ¿Qué ha sucedido tras la puerta? Que lo preguntemos revela más sobre nosotros que sobre él.

¿Fue el acto mayor? ¿Fue apenas líquido? ¿Fue, quizás, solo gaseoso?

La contradicción

Pero el problema se agrava: unos segundos no alcanzan para acto alguno. Lo que sucedió podría solo haber sido un gesto mínimo, y sin embargo el rugido ocurrió. Algo se purgó de un sistema que tal vez no había recibido nada que purgar. Aquí emerge la contradicción: si no produjo nada de gravedad, ¿por qué accionó el mecanismo? Y si lo accionó por reflejo, ¿por qué sale tan rápido, tan despreocupadamente, exhibiéndose en el umbral? Quien encubre no se exhibe; quien se exhibe no necesita encubrir. ¿Por qué entonces la puerta se abre, tan pronto?

El umbral

Y él se queda en el umbral, apoyado en el marco, con las piernas cruzadas, como quien recién ha llegado. El hombre, en lugar de retirarse, posa: la forma más consumada de cinismo que la arquitectura doméstica autoriza. Ni adentro ni afuera, en el umbral, un lugar que la moral ordinaria no contempla. Está libre, porque está «entre».

El secreto absoluto

Ni siquiera sabemos si está vestido; la silueta no admite distinción. ¿Estuvo sentado, de pie? Imposible saber. Solo él lo sabe, y él no piensa revelarlo. Cada puerco es un secreto absoluto, y no es más que el dispositivo que hemos construido para fingir que ese secreto puede administrarse en común. No puede. Lo verdadero del hombre se queda adentro.

La puerta abierta no es la cancelación del secreto: es su forma más perfecta, porque ahora se exhibe sin entregarse, y él lo sabe; por eso no se apura. Ese dato minúsculo, por ser exclusivamente suyo, lo convierte en el ser más libre del universo.

El único que merece envidia

Sube, cierra, hace lo que hace (o lo hace, o lo simula), acciona el mecanismo, sale demasiado pronto, se apoya, cruza las piernas, y la audiencia, contra toda decencia, sigue queriendo saber, sigue suponiendo, y sigue, en consecuencia, humillándose en el intento. El único que merece envidia, es el que sube y baja sabiendo lo que hizo. El que se queda inmóvil, en el umbral, mientras los demás conjeturan abajo, en sus vidas plenamente mundanas y risibles, y plenamente miserables.