Quemé media vida mirando esta misma comedia disfrazada de historia: una sábana húmeda que no termina de secarse nunca sobre el mismo cuerpo, y a la que cada tanto le cambian la tela y le ponen manos nuevas que firman con tinta extranjera. Los veo bajar de los autos silenciosos, con la nuca educada en otros inviernos: administradores, capataces de corbata fina, analfabetos con posgrado, sádicos prolijos que subastan la tierra como si fuera un cajón ajeno. Ya no mandan botas: mandan agendas. Aprendieron a abrirte sin que sangres en la alfombra.
Y abajo, un pueblo que festeja la mano dura, que aprendió a apretarle el cuello al de al lado para sentirse parte, que confunde el ahogo con la bendición. Una boca abierta que no termina de decir.
La carne lustrada
No me molesta su riqueza; me molesta lo que la riqueza les hizo al cuerpo. Los cebados de su propia abundancia, los de piel intacta como una mesa recién lustrada que nunca conoció el peso de un cuerpo cansado; los que se esculpen y escupen al costado para que la carne no acuse el paso de la náusea; los que corren detrás del próximo escalón pisando la cabeza del de antes, convencidos de que un peldaño más los deja, por fin, frente a la puerta. No hay puerta. Solo espejos que les devuelven una copia mejor pulida de la misma nada. Cáscaras perfumadas que se sientan, se levantan y sonríen en serie; verdugos de su propia carne que se creen vivos porque el capataz les permite elegir el color del sudario.
Dónde se quedó el alma
La belleza no está adonde ellos depositan su líbido: está en los cuerpos que aprendieron a oler. Tiene la mano partida, tierra abajo de las uñas, el olor de las cosas que la vida masticó y no terminó de tragar. El alma se quedó donde el resto se fue, donde el dolor y el olor le hicieron lugar, donde alguien se tuvo que doblar tanto que ya no recuerda la postura limpia. Y acá la única confesión que me importa: no les tengo lástima, los envidio. Tengo una sed que me raspa la garganta cuando miro a los que tocaron el fondo del cuenco y sintieron la verdad quemándoles los dedos.
La astilla, y el espejo que falta
Pero no me dejen salir limpia de esto. Yo también los veo bajar; yo también sostengo una cámara; yo también les ofrezco, ahora mismo, un cuerpo que ustedes no tocan. Los cuerpos ausentes de mi título no son sólo los que el poder borró del cuadro: son, también, ustedes y yo, que miramos la dignidad ajena desde el otro lado de un vidrio, con la carne a salvo, sin doblarnos. Una liturgia es un rito que se oficia para una congregación que no actúa: sólo asiste. Y la pantalla es el último espejo de la serie, el que devuelve la copia mejor pulida de la misma nada; esta misma página, en la que resumo lo que juré no resumir jamás, es otro de esos espejos.
Por eso dejo una sola cosa, y no la explico: hay una astilla en cada cosa que miramos. Se clava primero en los ojos y después más adentro, en los huesos, y crece ahí, despacio, un musgo que ocupa los lugares que iban a ser para el aire. Mirar no es inocente. La astilla es el precio de haber visto, y ya está adentro de quien terminó de leer.



