El corrimiento
El 26 de junio de 2026, La Garganta Poderosa anunció en un comunicado el "corrimiento total de Nacho Levy de la organización", su referente histórico y vocero más visible durante más de veinte años. La decisión, dice el texto, se tomó "de manera colectiva y consensuada" entre las asambleas del colectivo, tras activar su protocolo de géneros (Infobae, Página/12, elDiarioAR, La Nación).
El detonante fueron denuncias públicas en redes. Entre el 24 y el 25 de junio, la psicóloga y sexóloga Cecilia Ce, expareja de Levy, describió en Instagram un patrón de violencia psicológica: "No duermen. Están en redes revisando, controlando... seas vos la loca. Es metódico y persistente" (Infobae, La Nación, Perfil). Después se sumaron testimonios corroborantes: la periodista Sofía Monachelli, sobre una relación iniciada cuando ella tenía 18 años y él era su profesor en Deportea ("entendí después que había sido una relación violenta"), y la actriz Gloria Carra, que expresó solidaridad ("todas merecemos ser escuchadas, acompañadas y respetadas") (Infobae, Perfil, La Nación, GENTE).
El estatus de lo que se discute cambia todo: son denuncias públicas, no una condena. Al cierre de los reportes no había denuncia penal, imputación ni causa judicial; las conductas, de formalizarse, encuadrarían en teoría en la Ley 26.485 de protección integral a las mujeres (Río Negro, Infobae, Perfil). Levy no presentó descargo y mantuvo silencio, según los reportes por consejo legal ante la ausencia de citación (Infobae, La Nación, elDiarioAR, Río Negro). Rige la presunción de inocencia.
El método sin escrache
El nudo es de derechos humanos antes que de espectáculos. La Garganta Poderosa no es una productora ni un partido: es una organización social villera que durante dos décadas denunció la violencia institucional y peleó por la vivienda en los barrios populares, con fuertes vínculos con el kirchnerismo (Los Andes, Perfil). El test, entonces, no es si el caso ocurrió, sino si una organización que les exige coherencia a los demás se la aplica a su propia cara.
El comunicado contesta que sí, y con un método explícito. "Nuestro feminismo no es un discurso, es una práctica cotidiana", dice el texto (BAE Negocios, La Nación). Define lo sucedido como "incompatible con la conducción de nuestra organización" y sostiene que "no miramos para otro lado ni relativizamos los hechos" (elDiarioAR, Página/12). Y fija la herramienta: "No usamos el escrache y la cancelación porque no las creemos estrategias efectivas frente a la violencia machista, sino que nos hacemos responsables desarrollando herramientas de abordaje colectivo" (La Nación, elDiarioAR, GENTE). El reconocimiento más áspero es el que se hace frente al espejo: "ninguna organización está exenta de reproducir las violencias que combate" (GENTE, elDiarioAR).
Las voces en pugna
La lectura de coherencia tiene quien la defienda desde la izquierda, y con un argumento que invierte el reproche. Andrea D'Atri (La Izquierda Diario) sostiene que las organizaciones militantes "no están exentas de reproducir el machismo; pero el machismo está más expuesto allí a ser denunciado, porque está considerado como una contradicción con los valores que se defienden públicamente", a diferencia de "la derecha reaccionaria, conservadora y antiderechos", donde se lo justifica. Para D'Atri, el caso valida la denuncia pública como herramienta, no la invalida.
La misma tesis tiene su impugnación, y nace dentro del feminismo. A la conductora Julia Mengolini se la cuestionó por pedir "paciencia" y "esperemos un poquito", y por escribir que "a nadie le importa ya el destino de Nacho Levy; lo que importa ahora es la preservación de una organización social que tiene un trabajo impecable y muy valioso" (Perfil). En la misma línea, Malena Pichot pidió "que intentemos que el machirulo de siempre no manche el proyecto mayor que está ahí en esa organización" (Perfil). La crítica, dentro del propio campo, es precisa: poner la preservación de la organización por delante de las denunciantes es gestión reputacional, no coherencia; el gesto que se celebra como autoaplicación del protocolo se lee, ahí, como blindaje del proyecto.
Desde la derecha el golpe es otro: la "doble vara". Militantes libertarios del stream Carajo hablaron del "club de amigas" y de "un récord de hipocresía", al sostener que el feminismo exige rendición de cuentas solo cuando le conviene en términos políticos (Perfil). D'Atri contesta por elevación: dice que quienes hoy reprochan a las feministas "no haber denunciado antes" son los mismos que promueven "disciplinar a las mujeres para que no denuncien" (La Izquierda Diario).
Lo que está en juego
El costo no se mide en una persona. Levy fue la voz pública de La Poderosa en su etapa de mayor visibilidad (incluido el lapsus viral de Alberto Fernández, "La Garganta Profunda", en 2022; Los Andes, Perfil), y desvincularlo es asumir un golpe de imagen para sostener una regla. Ahí está la apuesta: que una herramienta sin escrache ni tribunales (asamblea, protocolo interno, abordaje colectivo) alcance para procesar una denuncia grave sin volverse ni linchamiento ni encubrimiento. Es el punto exacto que discute el resto del arco: para la izquierda militante prueba que el espacio funciona; para sus críticas internas, que protege antes al proyecto; para la derecha, que la vara cambia según el apellido. Lo que todavía no entró en la ecuación es la Justicia: sin denuncia penal ni descargo, el caso vive entero donde lo dejaron las partes, en el terreno de la palabra pública.
