Columna de opinión. Escribo desde el liberalismo y no lo escondo.
Hay un impuesto que usted paga todos los meses y que no votó ningún diputado. No figura en la boleta, no tiene alícuota publicada, no lo firma ningún recaudador: se cobra imprimiendo billetes. Ese impuesto es la inflación, y el miércoles el Gobierno le puso, por primera vez, un proyecto de ley encima.
En el Salón Héroes de Malvinas de la Casa Rosada, Javier Milei reunió a los diputados y senadores de La Libertad Avanza y les anunció que trabaja con los equipos de Economía y de Desregulación, el área de Federico Sturzenegger, en una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. El objetivo cabe en una línea: que el Central no pueda volver a financiar al Tesoro emitiendo, y que su tarea vuelva a ser una sola, defender el valor de la moneda (El Economista, La Nación). La meta que se puso el propio Presidente es septiembre, y coincide con lo que el Fondo Monetario recomendó en mayo: fortalecer la independencia del organismo.
Qué dice la letra, que es donde está la trampa
Toda la discusión se juega en un artículo. El artículo 3 de la Carta Orgánica decía, antes de 2012, que la misión primaria y fundamental del Banco Central era preservar el valor de la moneda. Una sola función, escrita en un renglón. En 2012, la gestión de Mercedes Marcó del Pont lo reemplazó por un mandato múltiple: promover la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social (La Nación, Infobae).
Suena generoso. Empleo, desarrollo, equidad: ¿quién puede estar en contra? El problema es que a un banco que emite moneda no se le dan cuatro objetivos nobles, se le dan cuatro excusas. Con esa redacción, cualquier gasto entra: si emitir es "por el empleo" o "por el desarrollo con equidad social", entonces se puede emitir siempre. Milei lo dijo con la brocha gorda que lo caracteriza: el artículo vigente es "un mamarracho" y promete "sacar toda la porquería que hizo Marcó del Pont", porque tal como está permite imprimir "por cualquier razón" (La Nación, Infobae).
La misma reforma de 2012 ensanchó el otro caño por donde el Tesoro le chupa pesos al Central: los adelantos transitorios. El tope venía siendo del 12% de la base monetaria más el 10% de la recaudación del año anterior; en 2012 se le sumó otro 10% de la recaudación con carácter "excepcional", y se borraron las restricciones sobre el destino de esos fondos (Infobae).
Cada punto de ese tope no es un tecnicismo: es la llave que abre la máquina de imprimir.
El proyecto que se está redactando va exactamente en el sentido contrario. Vuelve al artículo 3 original y restringe con fuerza la capacidad de emisión, para que el Central no pueda volver a financiar el déficit del Tesoro (La Nación, El Cronista). No es la promesa de campaña de cerrar el Banco Central, esa sigue siendo la aspiración de fondo del oficialismo; es algo más modesto y, quizás por eso, más peligroso para la casta: dejarle al próximo gobierno una cerradura de ley en la puerta de la maquinita.
No fue lo único que se firmó en esa mesa
La reunión también sirvió para ordenar la tropa legislativa. Karina Milei abrió el encuentro y fijó tres prioridades para el Congreso: la reforma política, el régimen de Zonas Frías y los cambios en Inocencia Fiscal (El Economista, Infobae). En la mesa estuvieron el jefe de Gabinete, Diego Santilli, el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, la jefa del bloque de La Libertad Avanza en el Senado, Patricia Bullrich, y el vocero presidencial, Adrián Ravier.
Los dos proyectos que acompañan a la reforma monetaria se leen mejor con una sola lógica fiscal: todo beneficio universal lo termina pagando, vía impuestos y emisión, el que no lo usa. El de Zonas Frías recorta el subsidio al gas que la Ley 27.637 estiró en 2021 hasta provincias enteras, y lo vuelve a atar a la Patagonia, Malargüe y la Puna; en el resto, el descuento queda solo para los hogares que acrediten vulnerabilidad (Infobae). Focalizarlo es dejar de cobrarle a media Argentina un descuento que le regalaban a la otra media sin preguntar, incluida la que podía pagar el gas sin ayuda.
El de Inocencia Fiscal va por el mismo carril: elimina el tope de ingresos y de patrimonio para entrar al régimen simplificado, de modo que cualquier persona física residente pueda usarlo (Infobae). Menos formulario, menos sospecha por default sobre el que ahorra. Es la misma idea, aplicada al bolsillo en vez de a la moneda.
Lo que defiende la casta cuando la maquinita se apaga
Conviene leer a la vereda de enfrente, aunque más no sea para saber qué está protegiendo. Desde la izquierda, Página/12 encuadra la reforma como una "exigencia del FMI" y la ubica "al servicio del interés financiero", uno de los tres pilares —junto con la reforma laboral y la previsional— que el Fondo le habría pedido a Milei (Página/12). La Izquierda Diario va por la misma senda: subordinación al Fondo, deuda, ajuste (La Izquierda Diario).
Esa misma lectura, la del "cerrojo" y el "ajuste", quedó escrita en esta casa desde la otra vereda; vale leerla completa para discutir el hecho con todas las letras.
Vale la pena tomarles el argumento en serio y contestarlo, no esquivarlo. Que el FMI también quiera un Banco Central independiente no vuelve mala la idea; a lo sumo prueba que hasta un prestamista con la calculadora en la mano ve lo que cuesta un Central que imprime a discreción. Y "ajuste" es la palabra con la que se disfraza lo esencial: que el Estado deje de emitir no le saca un peso al jubilado ni al laburante, le saca la herramienta al funcionario que financiaba su gasto licuándote el sueldo. El único que pierde de verdad cuando se apaga la maquinita es el que vivía de ella.
Hay un dato que la propia izquierda pone sobre la mesa y que conviene no soltar: el Gobierno se fijó una meta de superávit primario del 1,6% del PBI para 2025, por encima del 1,3% que pedía el Fondo (Página/12). Es decir, no es el Fondo el que empuja el ajuste más fuerte; es el propio programa. La reforma de la Carta Orgánica es la pata institucional de esa decisión: convertir en ley lo que hoy es voluntad política, para que no dependa del humor del gobierno de turno.
La ventana rota que pagamos durante décadas
Acá es donde conviene subir un escalón. Frédéric Bastiat escribió que el mal economista ve solo lo que se ve, y el bueno cuenta también lo que no se ve. La emisión es el caso perfecto: se ve el gasto que financia, la obra, el subsidio, el sueldo estatal, y no se ve el costo que lo paga, repartido en centavos sobre cada precio que sube. Detrás de cada "derecho" que se anunció con plata emitida hubo una cuenta que alguien saldó en silencio, casi siempre el que trabaja, el que ahorra o el que todavía no nació y ya arranca endeudado.
Por eso 2012 no fue una reforma técnica: fue el año en que se legalizó la ventana rota. Se le dijo al Central que su deber ya no era cuidar la moneda sino "promover el desarrollo", y con esa licencia se financió el déficit hasta dejar, a fines de 2023, un Banco Central con reservas netas negativas, vaciado de dólares líquidos y sin herramientas para sostener el valor del peso (La Derecha Diario). No fue mala suerte ni un shock externo: fue una máquina funcionando exactamente como la habían programado.
Mises lo explicó hace un siglo y no hizo falta corregirlo: un papel que se imprime sin respaldo no crea riqueza, solo la redistribuye del que tiene pesos al que los emite primero. Hayek agregó la sospecha final, que el monopolio estatal del dinero es demasiado peligroso para dejarlo en manos de quien también maneja el gasto. La reforma que anunció Milei no llega hasta ahí, no saca al Estado del dinero; restablece el límite que el kirchnerismo voló en 2012 y, esta vez, lo quiere escribir como ley.
Y ahí está lo que de verdad se juega. Una decisión de gobierno la cambia el gobierno que sigue; una ley cuesta otra ley, votos, tiempo y desgaste. Convertir la prudencia monetaria en letra obligatoria es dejarle a la próxima casta una traba que no pueda saltar con un decreto de domingo. La discusión, entonces, deja de ser cuánto emite este Central y pasa a ser cuánto le va a costar al que venga volver a prender la máquina. Por primera vez, esa cuenta empieza a escribirse del lado del que trabaja.

