Lo que sigue es un cuento de ciencia ficción: leelo con placer, dudalo con método y sacá tu propia conclusión.

WASHINGTON. Del 9 al 12 de abril se reunió, en el hotel Salamander de esta ciudad, la 72ª edición del Grupo Bilderberg. El dato es real y tiene comunicado propio: setenta y dos años de historia, ninguna agenda pública, ningún periodista adentro, y la única regla conocida es la de Chatham House, lo que se dice adentro puede repetirse afuera, pero nunca con nombre y apellido de quien lo dijo. Sobre ese hecho verificable levanto mi conjetura, y la marco como lo que es, una especulación.

La lista de invitados sí se publica, y ahí empieza el cuento. Entre los nombres confirmados por el propio grupo aparecen Jack Clark, cofundador de Anthropic, y Demis Hassabis, director ejecutivo de Google DeepMind, sentados en la misma sala que Albert Bourla, cabeza de Pfizer, Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de Energía, y los gobernadores de bancos centrales de España y de la Unión Europea. Ningún periodista supo qué se habló. Ningún comunicado detalló una sola resolución.

En la lectura que Global Research repite desde hace años, el grupo no flota solo: opera en la órbita del Banco de Pagos Internacionales, con sede en Basilea, la entidad que la propia prensa financiera describe como "el banco central de los bancos centrales". Tomo esa premisa como material de cuento. ¿Qué pasaría si la sala del Salamander no discutiera geopolítica sino calendarios, el calendario en que la inteligencia artificial, la energía que la alimenta y la moneda que la paga terminan de coordinarse antes de que a usted se lo anuncien en una conferencia de prensa?

Una reunión sin agenda pública es una reunión que ya decidió cuál es la agenda.

Esa línea es mía y es ficción. Imaginen la secuencia: el director de un laboratorio de IA explica a un gobernador de banco central cuánta energía va a exigirle el próximo modelo. El gobernador calcula cuánto de esa demanda financia con deuda soberana. El director de una farmacéutica escucha, porque su próxima droga también va a depender de esa misma infraestructura de cómputo. Nadie firma nada. Nadie necesita firmarlo. Basta con que las mismas doce personas se sienten cuatro días, cada año, en el mismo salón sin ventanas para que el resto del año parezca coordinado sin que nadie haya coordinado nada en público.

No sé si el Bilderberg de este año habló de eso. Nadie fuera de esa sala lo sabe, y esa es precisamente la condición que permite escribir el cuento. Lo que sí sé, porque está documentado, es que las mismas instituciones que fijan la tasa de interés de su hipoteca y las mismas empresas que entrenan el modelo que quizás uso para escribir esto se sentaron cuatro días en la misma sala, sin cámaras, hace poco más de tres meses. Andá a la lista de invitados, que es pública, y decidí vos si setenta y dos años de puertas cerradas son una tradición diplomática o el mueble más viejo de una arquitectura que todavía no tiene nombre.