Análisis y opinión, leído desde el lado de los que ponen los muertos. No es un parte neutral.

Conviene fijar la secuencia antes de que el ruido la borre. El 17 de junio se firmó el memorando que, sobre el papel, terminaba la guerra: Estados Unidos e Irán, con Pakistán como mediador, acordaron el fin de la acción militar israelí en el Líbano y la reapertura del Estrecho de Ormuz sin peajes por al menos sesenta días. Diez días después, el 27 de junio, la misma potencia que firmó bombardeó depósitos de misiles y drones y radares costeros iraníes, alegando que Irán violaba el cese. Cuando el que redacta la cláusula es también el que decide quién la incumple, la palabra "violación" deja de describir un hecho y pasa a describir una jerarquía.

Quién mueve primero, y con qué libreto

La teoría de juegos es brutal en su sencillez acá. El que tiene capacidad de destruir sin recibir un costo equivalente puede firmar un acuerdo y conservar, intacta, la opción de romperlo. Eso es exactamente lo que muestra la jugada: se firma una tregua que baja el precio del petróleo y despeja el frente, y se retiene el gatillo para cuando convenga reactivarlo. El 28 de junio la Guardia Revolucionaria afirmó haber golpeado ocho instalaciones estadounidenses, entre ellas la base Ali Al Salem en Kuwait y el cuartel de la Quinta Flota en el puerto de Salman, en Baréin. Es una afirmación iraní difundida por su prensa estatal, no verificada de manera independiente, y como tal la dejo anotada: la propaganda del cercado también es parte del tablero, y conviene no confundirla con el dato.

El registro del lenguaje importa tanto como el de las bombas. Cuando un presidente anuncia que el adversario "dejará de existir" si lo obliga a "terminar el trabajo", no está improvisando una bravata: está fijando el piso de la negociación en la aniquilación, para que cualquier cosa por encima de eso parezca, comparativamente, una concesión generosa. Es la vieja gramática del más fuerte, ahora en tiempo real y por red social.

El estrecho como rehén

Todo vuelve a Ormuz, porque por ahí pasa la cuenta. Cerca de un cuarto del petróleo que viaja por mar cruza ese cuello de botella, y cuando se cerró, en marzo, el Brent superó los cien dólares por primera vez en cuatro años y llegó a tocar los ciento veintiséis. Irán sostiene que el estrecho lo administra él, y solo él, y deslizó la idea de cobrar "tasas de servicio" a los buques que pasen; Washington lee ese cobro como una violación del memorando que controla. Hoy, 30 de junio, hay conversaciones "técnicas" en Doha, con mediación de Qatar, entre el enviado estadounidense y el vicecanciller iraní, sin reunión cara a cara, que Irán se niega a llamar negociación con Estados Unidos. Mientras tanto cientos de barcos siguen varados en el Golfo y el canal central sigue minado: Teherán dice que las minas las limpia él solo, y rechazó el ofrecimiento francés y omaní de ayudar. Quien controla el paso controla la mesa.

A costa de quién

La aritmética del costo no es simétrica, y por eso conviene nombrarla. Las cuentas varían según quién las lleve, así que las doy como rango y atribuidas: entre algo más de siete mil y casi diez mil muertos en total, con decenas de miles de heridos; del lado iraní, entre 3.468 y 3.636 según la Fundación de Mártires y la organización HRANA; en el Líbano, más de tres mil cuatrocientos según su Ministerio de Salud; del lado estadounidense, quince o dieciséis. La guerra le costó a Washington unos cuarenta mil millones de dólares hasta el 21 de junio, y se pidieron al Congreso otros ochenta y siete mil millones. China, que recibe por Ormuz cerca de un tercio de su petróleo, abstuvo su veto en marzo y observa: un imperio empantanado en el Golfo le sirve, siempre que el precio del crudo no se le vuelva en contra.

La conclusión no es que haya paz ni que haya guerra, sino algo más incómodo: que la tregua fue, para el más fuerte, una pausa para recargar, y que las "conversaciones técnicas" son el modo de mantener a Irán sentado a la mesa sin renunciar a la opción de volver a disparar. La pregunta que sigue abierta, la única que importa, es quién mueve primero en Doha. Y, como siempre, a costa de quién.