Lo que sigue es un cuento de ciencia ficción: leelo con placer, dudalo con método y sacá tu propia conclusión.
El 10 de agosto de 2026, Anthropic anunció que un fondo soberano de Singapur y un gestor de activos australiano le van a construir la casa. Se llama Theseus Infrastructure, la arma Macquarie Asset Management junto con GIC, y el trato es simple en la superficie: ellos ponen el capital y son dueños de los centros de datos, Anthropic los ocupa como inquilino ancla. Lo que no es tan simple es la letra chica: Anthropic paga el cien por ciento de la actualización de la red eléctrica en cada sitio, y si a los vecinos les sube la factura de luz por culpa del centro de datos, también paga eso.
Nadie dijo cuánto sale la operación. Ninguna cifra en dólares, ningún gigavatio declarado. En 2025 la misma empresa había puesto 50.000 millones para centros propios en Texas y Nueva York, y después sacó un préstamo de 35.000 millones, avalado por Google, para alquilar chips en otros cinco sitios. La plata entra, la plata sale, y el número que siempre falta es el mismo: cuánta electricidad necesita en total, y de dónde la saca cuando no alcance.
Lo que dice el margen
Cinco días antes del anuncio, Natural News publicó una nota que no habla de Anthropic ni de Theseus: habla de los centros de datos de inteligencia artificial en general. Según la lectura que propone ese sitio, ya consumen el 4,4 por ciento de la electricidad de Estados Unidos y van camino al 12 por ciento para 2030, con unos 800 proyectos de esa escala en marcha y 200 gigavatios de demanda planificada entre todos.
- Una sola planta en Utah, de 40.000 acres, podría consumir más electricidad que todo ese estado.
- La misma planta usaría casi 17.000 millones de galones de agua al año.
- Más de 300 ciudades y condados ya votaron prohibiciones o moratorias a nuevos centros.
La frase que cierra esa nota es la que no dejo de repensar:
"A ninguno de nosotros nos pidieron permiso."
El cuento
Ahí arranca la conjetura. Pensemos que Theseus no es una empresa de centros de datos, sino una empresa que administra el permiso para tener luz. Que el inquilino ancla, con el tiempo, deja de ser Anthropic y pasa a ser cualquiera que necesite lo que sobra de esa red, si es que algo sobra. Un fondo soberano no le rinde cuentas a ningún electorado. Un gestor de activos de infraestructura, tampoco. Los dos administran plata de terceros, y ahora administran, aunque sea en un rincón de Texas o del próximo sitio que elijan, la llave de la energía de gente que nunca votó por ellos.
No hace falta creer en un plan maestro para hacerse la pregunta incómoda. Alcanza con mirar quién paga la factura hoy para preguntarse quién decide, mañana, quién se queda sin luz. ¿Es Anthropic la que compra la infraestructura, o es la infraestructura la que, de a poco, empieza a comprar a Anthropic?
