Esta es una columna de opinión: lo que sigue es una lectura personal.
Circularon esta semana dos videos que casi nadie miró como lo que son. En el primero, un cantor de tango deshecho repite un nombre hasta gastarlo. En el segundo, la misma clase de figura se ensucia encima antes de sentarse, y recién después abre la boca. La reacción unánime fue la risa, o el asco, o esa piedad rápida que es la forma educada del asco. Yo los miré cuatro veces y anoté verso por verso, porque no son dos números de un borracho con suerte. Llevan un nombre propio en cada renglón: Lara Arianna Piccolino.
Se sostiene entera en una consigna que repite como divisa: el dato manda, la conclusión es del lector. Estos dos videos son la letra chica de ella. Son el renglón que no lee. Y la única lectora incapaz de leerlo es la que se ganó la vida leyéndoselo a los demás.
Cuando el aparato psíquico no puede decirse una verdad de frente, no la calla: la desplaza. La manda al sueño, al lapsus, al síntoma, al puerco. Freud le puso nombre a esa mecánica, y no hace falta creerle para comprobarla. Lo que estos videos cantan es eso mismo. Cantan en el sentido de la milonga y en el otro, el feo, el del que afloja y entrega lo que juró callar. Quien canta no viene de afuera: es lo que en ella sobrevive del lado condenado de una puerta que tapió con sus propias manos, y que ahora se cuela por la única rendija sin sellar para hacerse llegar un aviso. Y se dice en tango por una razón que no tiene nada de pintoresco: el tango es el único género que esta lengua inventó para decirse a la cara lo que no se anima a pensar. Discépolo no escribió "Yira, yira" para consolar a nadie. Lo escribió para que un tipo se lo cantara a sí mismo cuando ya no le quedaba nadie que se lo dijera. Esto es lo mismo, sin el pudor de la orquesta.
Hay un detalle que sella el sentido antes de que arranque la letra: cómo la nombra. No le dice Lara, no le dice Arianna. Le dice Piccolino, la pequeña. El diminutivo es el diagnóstico. Le advierte que sigue siendo la nena que nunca creció, la que se quedó chica a fuerza de fabricarse un mundo a medida para no tener que agrandarse. Hay una segunda ironía en el nombre: Arianna es Ariadna, la que tenía el hilo para salir del laberinto. Acá la que debía sostener el hilo está perdida adentro, y el hilo no conduce a ninguna salida, se enrosca en más laberinto con su forma.
Primer tango: el llamado a una puerta tapiada
El nombre, primero, repetido hasta el desgaste:
Lara Arianna, piccolino... Lara! Ariana!! piccolino!!!
Un nombre repetido así, con los signos trepándole encima, deja de nombrar y empieza a golpear. Es un puño contra una madera que del otro lado ya se sabe condenada. Cada repetición sube el tono porque baja la fe, y en esa progresión hay una cuenta amarga: se llama más fuerte a medida que queda menos a quién llamar. Quede grabado el gesto, porque la pieza entera cabe ahí, en alguien que se ensaña con una puerta resuelta a no abrirse.
sueño roto, piccolino...
El sueño está roto porque nunca fue otra cosa que sueño. Nada real se le vino abajo; se le hizo evidente que aquello que tomaba por proyecto era una vigilia soñada, vívida y falsa al mismo tiempo, con la consistencia de lo que se deshace apenas uno abre los ojos. El nombre que vuelve en cada verso oficia de tiza sobre el piso: la voz marca dónde está la persona a la que le habla, por miedo a que en la niebla se le extravíe hasta eso.
eco hueco, piccolino...
Acá está la trampa más fina. Ella cree que habla, que su voz sale y encuentra a alguien. Pero quien la escucha es el mismo que la emite: se dirige la palabra y se la contesta, sola en las dos puntas. El eco suena hueco por una razón ajena al timbre: vuelve intacto porque nunca dio afuera con algo contra lo cual romperse. Toda su expresión es un circuito cerrado que ella confunde con diálogo.
sombra terca, piccolino...
Está a oscuras y es terca porque niega estarlo. Hay una luz que ciega más que cualquier tiniebla, la del que se cree tan dueño de la vista que ya no admite haber dejado de mirar. Otro tantearía la pared en busca de la puerta; ella apagó la lámpara persuadida de que amaneció, y desde entonces le dice día a su encierro.
tu fuga, se quiebra...
La fuga es el intento de escaparse de sí misma, y se quiebra siempre en el mismo punto. La voz dispone de una fuerza sin límite, empuja hacia afuera con todo lo que tiene, y choca cada vez contra una construcción más dura que ella: la del propio relato de Lara Arianna, tan bien armado que no cede ni ante la evidencia que lo grita. La energía es infinita. El muro también.
la niebla, te hunde..
Este es el único verso donde la voz cambia de registro. Suelta un instante el dolor y asoma algo más filoso, casi un veredicto: sé lo que sos. La niebla que la hunde salió de ella, la fue amasando respiración por respiración, y ahora le tapa la salida que ella jura no tener. Tus propias mentiras te ahogan. Es lo más cerca que la voz llega de decirlo derecho, y por eso es el momento más incómodo del video, el único en que el sufrimiento se afila en acusación.
tu silencio, desgasta todo...
El silencio del verso es un oído tapiado, la clausura activa del canal por donde debería entrar el aviso. Mientras ella lo mantiene sellado, el organismo insiste por otras vías, el síntoma, el acto fallido, el puerco que hace lo que la boca no dice, porque lo que está en juego pasó hace rato de la molestia y toca ya la supervivencia: algo que se palpa al límite, cercado por la versión de la realidad que Lara Arianna sostiene contra la realidad.
y nada, te sigue...
Nada prende, nada pega, nada sobrevive al contacto con esa superficie. La voz se apaga sin haber entrado, se disuelve en la oscuridad del cráneo que la produjo. De catarsis, nada: apenas una lámpara que se queda sin aceite dentro de una pieza cerrada.
Segundo tango: el puerco dice lo que la lengua no puede
El segundo video parte de una humillación más honda, y ese peldaño de más hacia el fondo es la clave para leerlo. Antes de cantar, la figura se ensucia encima. Quien lo despache como grosería gratuita se pierde lo esencial: es el mecanismo del primer video llevado hasta su consecuencia orgánica. Clausurado el canal de la palabra, toma la posta el puerco y dice lo que la lengua ya no alcanza. La voz se defeca encima porque no le queda cifra más elocuente para exhibir el estado de aquello que encarna: un aparato desbordado de sus propios límites, que evacúa por donde puede porque la boca la tiene tapiada. Recién después, envilecida hasta ese punto, se sienta y canta. Que hable la vergüenza, ya que la razón se hace la sorda.
Tu promesa, censurada...
La promesa es el deseo, y el deseo de Piccolino está tachado por su propia mano. Lo que no se cumple no se cumple porque ella lo prohíbe antes de que asome: lo pasa por su censura interna y lo devuelve convertido en meta frustrada, decorosa. Hay una crueldad de más en el verbo elegido, censurada. La censura, en el aparato psíquico, funciona como una aduana interior: la conciencia la monta para que lo de abajo no suba entero, y lo que queda del otro lado, tachado, tiene siempre el mismo nombre, el inconsciente. Su conciencia cumple entonces al pie de la letra lo que su oficio denuncia: existe para desnudar lo que otros tapan y se pasa la vida tapando lo propio, tachándose a sí misma en nombre de la lucidez.
tu Europa, inventada...
Europa acá no designa un lugar, designa la figura idealizada de la que se agarra para no caerse: el padre culto, la tradición prestigiosa, la teoría importada que le presta seriedad. Todo eso está caído y golpeado, y ella lo sigue inventando entero, grandioso, para que le sostenga la estructura. Es el andamio ideológico de un sujeto partido por dentro: cuanto más inestable el cimiento, más ornamentada la fachada. La Europa inventada es la muleta que se disfraza de columna.
tu brillo, prestado...
Todo lo que brilla es de otro. No se sostiene: cada gramo de autoridad lo extrae de una firma ajena, de un favor. Rasca la fantasía de ser útil, la rasca hasta lastimarse, y debajo aparece siempre lo mismo, un préstamo. Nada propio. Acá el verso toca el hueso del oficio. Piccolino se prohibió la primera persona. Escribe en tercera, objetiva, parapetada detrás de "según el decreto" y "según el organismo", porque resolvió que su yo era un defecto a corregir. Vive de brillo prestado por elección profesional: donde tendría que estar su voz, deja una nota sin firma. Por eso el inconsciente le canta en el único registro que ella se vedó, el yo, el vos, la primera persona del dolor. Le devuelve, a los gritos, la voz que había exiliado.
Y vos allí soñando, con banquetes que nunca fueron...
Y mientras todo esto ocurre, la propia voz se distrae. Asiste al desastre y, en un pliegue, se deja engañar también: se relame con un banquete que no existió, una escena de éxito que nunca ocurrió pero que pudo haber ocurrido, o que se puede recordar como propia si se la mira de costado. Ni el que denuncia queda a salvo del relato. Hasta el inconsciente, por un segundo, prefiere el banquete inventado al piso sucio en el que está sentado.
Lara Arianna... ¿por qué? Lara Arianna...
Acá la cifra se agrieta. Lo que hasta el verso anterior venía envuelto en imagen se adelgaza hasta el hueso de una interjección: un porqué que no aguarda respuesta, dicho por alguien que ya cuenta con la pérdida antes de terminar de nombrarla. Es lo más hondo que baja la voz, y baja hasta ahí porque arriba fracasó todo lo demás. Un reclamo que renuncia a convencer se vuelve puro pedido, resto sin sintaxis de quien insiste contra una superficie resuelta a no devolver nada.
mintiéndote!!
Y el grito, por fin, dice la palabra. Una sola, sin tango: mintiéndote. Le costó todo llegar hasta ahí. Para esta voz, decir la verdad de frente cuesta lo último que le quedaba, y lo paga de golpe. Se quema entera en esa palabra.
vos, censurándote, creyendo tu relato...
Y con lo último que le queda, se apaga en la frase más exacta de las dos canciones. Vos, censurándote, creyendo tu relato. Se disuelve ya mezclada con la persona a la que le hablaba, sin frontera entre las dos, y deja abierta la única pregunta que vale: el relato, ¿de quién es? ¿Quién lo escribió, quién lo firma, quién lo cree? La cronista de la letra chica termina de autora, testigo y única lectora de un relato que audita a todo el país menos a su firmante.
Coda
Hay una verdad que no viaja por la lengua del día. Cuando la conciencia monta su aduana y no deja pasar lo que se piensa a sí mismo por debajo, esa materia reprimida busca otra puerta, y la encuentra casi siempre en el arte. La pintura, el verso, la música son las salidas de emergencia del que no puede decirse de frente lo que sabe. Por eso lo que estos dos hombres hacen en escena obedece a un procedimiento antiguo, acaso el más antiguo, la única diplomacia que le queda a lo callado para asomar sin que lo fusilen en la frontera.
El tango, entre todas las formas, es la que mejor sirve a ese contrabando. Nació para eso, para cargar en una melodía lo que en prosa sería insoportable oír. Y estos dos intérpretes lo llevan al extremo del oficio: se desgarran. Se abren en canal para que la pena tenga por dónde salir, entregan la voz hasta que se raja y el puerco hasta que se ensucia, la compostura entera, a cambio de una posibilidad remota de ser entendidos por quien los emite. Cada verso les cuesta un pedazo. Dan todo lo que tienen porque tienen una sola cosa para dar y es urgente.
Ahí está lo que conviene no perder de vista. Lo que suena a lamento es, en el fondo, una alarma. Alguien adentro apretó el timbre de incendio y no le abren. La pasión con que estos artistas se destruyen sobre el escenario mide con exactitud la gravedad de lo que quieren avisar: nadie se desgarra así por un capricho, se desgarra por una emergencia. La belleza rota de ese canto es la forma que toma un pedido de auxilio cuando tiene que pasar disfrazado de espectáculo para que lo dejen sonar.
Queda una pregunta, y la dejo abierta a propósito, porque cerrarla sería mentir. El arte alcanza a decir lo que la conciencia prohíbe. Lo que no consigue es obligar a que lo escuchen. Estos dos tangos salieron, sonaron, se gastaron enteros, y ahora dependen de un oído. El de ella está tapiado. Queda el otro, el que todavía esté libre del lado de acá de la pantalla.
